El Papa que viaja en subte

Jorge Bergoglio (Francisco I) se ganó el respeto como Arzobispo de Buenos Aires. Es peronista confeso pero tiene muy mala relación con los Kirchner, sobre todo con Cristina con quien no tiene diálogo desde hace tres años.

Se enfrentaron por la ley de matrimonio gay, la pobreza y la corrupción. El gobierno argentino y sus simpatizantes recibieron con frialdad la elección. Para el ciudadano común el sentimiento fue el opuesto: a pesar de su bajo perfil, se involucró mucho en cuestiones sociales y se lo veía circular por las calles porteñas, especialmente en el subte (metro), del que era usuario frecuente. Su aspecto más polémico es el accionar como máxima autoridad de los jesuitas durante la última dictadura militar.

Me enteré del histórico nombramiento de un argentino como nuevo Papa en el autobús camino a mi trabajo. Tras el anuncio de la fumata blanca salí hacia la radio y en pleno viaje una chica a mi lado gritó “Bergoglio es Papa”. El murmullo y la efervescencia generalizada se apoderaron del vehículo. Todos los pasajeros tomamos nuestros celulares e intentamos confirmar la noticia. Así fue el recibimiento en la calle de este “Habemus Papam” tan particular para Argentina.

Desde el gobierno, en cambio, hubo una respuesta excesivamente protocolar. La presidenta Cristina Fernández emitió un distante comunicado en el que le auguró una “fructífera tarea pastoral” sin hacer alusión al hecho de que un compatriota suyo hubiera llegado al cargo más alto de la Iglesia Católica, de la que ella es creyente declarada. Hasta el presidente estadounidense, Barack Obama, fue más cálido en su mensaje al flamante Sumo Pontífice, a quien definió como “un campeón contra la pobreza” o incluso Rafael Correa, el presidente de Ecuador, escribió en su cuenta de Twitter: “Tenemos Papa,  momento histórico sin precedentes, qué viva Francisco I”.  Sin embargo, el vocero presidencial confirmó luego que la mandataria viajará a Roma para estar presente en la misa de inauguración del pontificado el 19 de marzo.

Jorge Bergoglio, como arzobispo de Buenos Aires, ha sido incómodo al poder kirchnerista. El presidente Néstor Kirchner lo identificó como un miembro de la oposición en reacción a sus críticas a la corrupción y la “extrema pobreza”. Por esta razón, en 2005 se quebró la tradición de la fecha patria del 25 de mayo según la cual el jefe de Estado argentino asiste a la misa que preside el enviado del Papa en la Catedral de Buenos Aires, ubicada en diagonal al Cabildo donde comenzó a gestarse la independencia de España. Desde ese año, el llamado Tedeum patrio se celebra en zonas políticamente más amigables en el interior de Argentina.

Con Cristina Kirchner la relación empeoró. Tras el enfrentamiento del sector agropecuario con el gobierno en 2009, Bergoglio se reunió con el vicepresidente Julio Cobos, cuyo voto negativo en el Senado impidió que se aprobara el proyecto oficialista de ley para aumentar los derechos de exportación a los principales cultivos del país. Luego de meses de cortes de rutas y desabastecimiento, el arzobispo le pidió a la presidenta “un gesto de grandeza” para poner fin al conflicto.

Cuando el mensaje kirchnerista se volvió más antagónico, Bergoglio reclamó “terminar con la crispación social”. La ruptura absoluta fue con la aprobación de la ley del matrimonio gay en 2010 -la primera en América Latina- impulsada por el gobierno nacional. El actual Papa la calificó como “una movida del demonio”. Cristina Kirchner le respondió: “No es una cuestión de moral religiosa, estamos mirando una realidad que ya está”. También se cruzaron declaraciones públicas por la pobreza (“nosotros nos ocupamos del tema, otros no”, dijo la mandataria) y por el choque de un tren de pasajeros en la estación Once de Buenos Aires el 22 de febrero de 2011, que dejó un saldo de 51 muertos. “Hay responsables irresponsables que no cumplieron con su deber”, dijo el eclesiástico en una misa celebrada para los familiares de las víctimas en referencia a los funcionarios que poco hicieron para revertir el evidente deterioro de este servicio de transporte masivo.

Bergoglio se caracterizó también por su austeridad. “Nunca usó un auto oficial ni en Argentina ni en Roma”, afirmó Santiago Pont Lezica, que fue asesor de prensa y aún hoy es cercano al arzobispo. En la última peregrinación a la Basílica de Luján -la manifestación católica más popular de Argentina-, Pont Lezica asegura que vio a Bergoglio confesar fieles en la calle. Yo mismo, hace unos años, lo vi entrar a un vagón de la línea D del subte de Buenos Aires y al reconocerlo le cedí mi asiento. Recibí como respuesta un tímido “muchas gracias”.

En el país que vio nacer a Maradona y a Messi, Bergoglio también tomó partido en el fútbol. Es hincha y socio (número 88235) de San Lorenzo, como gran parte de los eclesiásticos de más de 60 años en la Argentina -especialmente los españoles- ya que el fundador del club fue el sacerdote español Lorenzo Massa. Disfruta de la música clásica y sus preferidos en literatura son Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal. Almuerza en comedores populares y no acepta invitaciones para ir a restaurantes. Otra acción que ilustra su personalidad ocurrió el Jueves Santo del año pasado, cuando conmemoró el lavado de pies de Jesús a sus apóstoles con 12 adictos a drogas en recuperación en la villa 1-11-14, uno de los asentamientos populares y de población de bajos recursos más peligrosos de la ciudad de Buenos Aires.

Su papel durante la represión de la dictadura militar en la Argentina (marzo de 1976 – octubre 1983) genera polémica. Parte de la Iglesia Católica fue cómplice directo con los militares; muchos religiosos delataron a otros eclesiásticos y a fieles que militaban en movimientos de izquierda y que luego fueron desaparecidos. En el caso de Bergoglio, el periodista y asesor presidencial Horacio Vertbisky fue quien más escribió al respecto en el diario oficialista Página/12. Denunció en varias notas que el cardenal entregó a otros religiosos de izquierda y contrarios al régimen e incluso publicó un libro sobre la complicidad de la Iglesia con la dictadura llamado El Silencio.

Bergoglio recibió acusaciones de haber colaborado con el gobierno de facto, sobre todo luego de prestar declaración en el juicio de la Escuela Mecánica de la Armada -ESMA, uno de los mayores centros de detención ilegal del país- por el secuestro y la tortura de dos sacerdotes jesuitas en ese predio.

Bergoglio era el superior de los jesuitas en la Argentina y en mayo de 1976 retiró la licencia religiosa a los curas Francisco Jalics y Orlandio Yorio, dos subordinados del excardenal en la Compañía de Jesús y políticamente más activos que él. Poco después de perder la protección religiosa, los dos sacerdotes fueron secuestrados por un grupo militar y enviados al centro de detención ilegal donde fueron torturados, supuestamente por su militancia en defensa de los derechos de los pobres.

El exarzobispo de Buenos Aires declaró ante el Tribunal Oral Federal 5 porteño pero siempre negó las acusaciones en su contra. Bergoglio también fue llamado a declarar como testigo, por petición de la Fiscalía y las Abuelas de Plaza de Mayo, en el juicio por el plan sistemático de robo de bebés nacidos en cautiverio durante la dictadura. El ex cardenal fue convocado por la Justicia después de que otra testigo, Estela de la Cuadra, presentase varias cartas que su padre le había enviado a Bergoglio para que lo ayudara en la búsqueda de su hija desaparecida y su nieta nacida en cautiverio.

El nuevo Sumo Pontífice de la Iglesia Católica también fue citado a declarar como testigo en el marco de una causa penal abierta en el país por el secuestro y el posterior asesinato, en 1976, del sacerdote Gabriel Longueville, de origen francés y cura párroco de la localidad de Chamical, en la provincia de La Rioja.

El ex arzobispo de Buenos Aires contó su verdad en el libro El Jesuita donde asegura que escondió en la iglesia de la que era párroco a compañeros que eran perseguidos y que ayudó  a un joven militante a exilarse a Brasil. La Justicia argentina no inició ninguna causa de violación de derechos humanos contra Bergoglio.

La elección de un argentino como representante de Dios en la Tierra para los católicos -piedad con los chistes- conmocionó a la Argentina pero no al gobierno. Pero más allá de la política, si la Iglesia Católica busca estar más cerca de sus fieles, Bergoglio puede haber sido una buena opción.

En Twitter @alejandrobianch

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Acerca de larevanchadekeynes

Periodista argentino. Blogger de The Huffington Post en español. Ex editor del portal Infobae América, diario Crítica de la Argentina y The Wall Street Journal en Nueva York. Conductor del programa de radio Suplemento de Domingo y columnista de Vuelo de Regreso con Román Lejtman, por FM Milenium.

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